9/2/12

Pensando pensamientos periodísticos


Óscar Domínguez Giraldo.

"¿El poder para qué?", se preguntaba el maestro Darío Echandía. En el caso de los periodistas, la pregunta se puede responder así:
El poder es para darnos coba, y felicitarnos varias veces al año. La primera celebración -la clásica- es el 9 de febrero, día de Santa Apolonia, virgen y, por tanto mártir, invocada contra los dolores de muela.
Un 9 de febrero apareció la primera edición del Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá. Lo dirigía un cubano que no era beisbolista, ni sonero: era carpintero, inicialmente. (Si sabes dónde está su tumba, favor reportarlo).
Nuestro hombre, Manuel del Socorro Rodríguez, había venido al país sonsacado por el virrey Ezpeleta quien en La Habana quedó descrestado con su inteligencia. Y con las eróticas camas que hacía, supongo.
El otro día del periodista se conmemora el 4 de agosto. Se escogió en homenaje al prócer Antonio Nariño, editor del periódico "La Bagatela". Sobre Nariño es el más reciente -no el último- libro del colega e historiador Antonio Cacua Prada.
El periodismo es un destino no solo para ganarse la vida. También es un oficio para ganar la vida, según el profesor Tomás Eloy Martínez, novelista y periodista argentino. Tiene razón y le sobra para escuchar tangos más allá de las estrellas, porque ya es carne de eternidad.
Siempre he pensado que esta profesión es la mejor forma de vivir en período de prueba. Y la más animada de ser pobre pero honrado.
Y si además, de buenos periodistas fuéramos buenas personas, como lo planteaba el maestro del oficio Ryszard Kapuscinski, "más mejor".
Mi primer contacto con ese destino que sería mi "modus comendi, vivendi y amandi", se remonta a mi niñez. En mi casa del barrio Aranjuez, en Medellín, la disciplina era tesa. A las seis de la tarde la culecada de seis hermanos tenía que estar recogida en casita, con las gallinas.
Como mi general Rojas Pinilla no había importado aún ese preservativo de pared que era el televisor, una vez enclaustrados venía la consabida tanda diaria de frisoles que tenía como postre un rosario más largo que una semana sin parque.
Los prolijos rosarios que incluían pellizcos maternos para los bellos durmientes, terminaban con la lectura o la audición de alguna radionovela, como "Lejos del Nido", de Juan José Botero, donde encontré el nombre para Andrea, mi hija y colega aventajada. Por allí fue entrando un pequeño virus periodístico-literario.
Mi segundo contacto con el periodismo ocurrió cuando vendía el periódico El Colombiano los domingos, en la plaza principal del municipio de La Estrella, a tres rosarios al sur de Medellín.
Sospecho que el oficio se me fue metiendo por ósmosis, por debajo del sobaco, lugar donde los voceadores de prensa solíamos colocar el periódico.
A través de esa prosaica presa, el sobaco, el oficio de voceador se fue convirtiendo en profesión, tic, obsesión, ojalá apostolado. Todo eso es el periodismo.
La aspiración es no fallarle a un destino tan bello, exigente, creativo, "trasnochador y moreno". Y el ideal es lograr que siempre que nos lean, los lectores se queden con algo positivo en su disco duro.
Una pintura está terminada cuando el espectador la aprecia, dicen los máistros de obra. Y los de pintura, como Picasso. De igual manera, uno se gradúa de periodista cuando lo leen, oyen, ven.
Si el tiempo es oro, hacérselo perder a quienes nos gradúan de periodistas, sería un pecado mortal que amerita paila mocha.
En mi caso, lo único que me choca de este destino, como le dice mi madre, es no haberlo hecho mejor.
A estas alturas del partido de mis días, le pongo el desaparecido papel carbón, a lo dicho por don Luis María Ansón, exdirector de la agencia española Efe, donde alguna vez hice turnos de fin de semana, cuando el titular se emborrachaba: "Hago periodismo para ser querido, no odiado".
Algo parecido dijo un señor que redacta muy bien, García Márquez: "Escribo para que los amigos me quieran más".
No ha sido mi empeño cambiar el mundo con mis ideas que son más bien pocas, amén de comunes y silvestres. Es más, son casi obvias. Me contento con haber trabajado para mantener bien informados a los inquilinos de este pícaro mundo.
(A propósito, la primera noticia que recuerdo haber oído, se la escuché a mi abuela, Amalita Calle Botero, de Jericó, Antioquia, quien nunca se dejó tomar fotos: "El mundo se va a acabar". La segunda se la oí a mi tía Débora: "Echandía va pa Palacio". Supongo que lo decía el 9 de abril de 1948 en pleno bogotazo).
Ahora, si además de informarle a la parroquia le he suministrado elementos para interpretar nuestra descuadernada realidad, no me pongo bravo.
También me halaga pensar que he divertido a quienes me leen para sacarle partido al payaso que llevo en procesión por dentro. Ahora me copio de Julio Camba, cronista mayor de España, quien dijo por ahí sobre este oficio: "... me dedico a una literatura fácil, superficial y pintoresca".
Un día como hoy está que ni pintado para leer apartes de dos entrevistas que hace varios años le hice para www.pulso.org (Universidad de la Florida) a un hibrido de brillante reportero y profundo analista de este oficio, don Javier Darío Restrepo.
Con él, el periodismo sí tiene cura.

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